| Por Belén Gopegui
"Se canta lo que se pierde", decía Machado y,
en efecto, en los llamados grandes temas universales de la narrativa y de la
lírica se imponen los amores contrariados, los paraísos perdidos, la infancia
nunca recuperada. Tal parece que cantar lo que se tiene indica conformidad con
el propio destino y la conformidad puede conducir a un conformismo que impide la
crítica. Sin la crítica no es fácil, quizá ni siquiera posible, avanzar.
No obstante, si en el mapa no figura el lugar hacia donde queremos
dirigirnos sólo cabe dar tumbos tratando, acaso, de alejarse de aquello que no
se quiere. Sucede además que la nostalgia de lo que pudo ser y no fue resulta
acogedora y complaciente, mientras que anhelar lo que sí puede ser es
precisamente uno de los motores de la crítica, de la imaginación y del deseo de
ponerse en camino.
Pese a todo, el género de la alabanza se ha
desarrollado siempre en minoría y con bastante mala prensa. Por lo general, será
más común encontrar fragmentos de lo que merecería ser celebrado en obras que
tratan de lo imposible y lo perdido, antes que al contrario. En lo que a la
narrativa española se refiere, el reciente y explícito desafío a la tradición
del narrador deprimido llevado a cabo por Luis Magrinyá en su novela Intrusos y
huéspedes constituye un hecho tan interesante como, por el momento, excepcional.
De aquel aserto de Horacio Oliveira: «La vida, como comentario de otra cosa que
no alcanzamos y que está ahí, al alcance del salto que no damos», pocas veces la
literatura ha escogido «la otra cosa» y, en cambio, sí se ha demorado en el
hecho de no alcanzarla, en la culpa y la amargura, pero también en la suave
tristeza y la melancolía de no haber dado el salto.
Se ha dicho que si
se canta lo que se pierde es porque quien no pierde no necesita esas formas un
poco desesperadas que son el poema o la narración. Pero no es menos cierto que
muchas de las canciones y narraciones de lo perdido han estado a cargo de
quienes tenían casi todo, y su efecto ha sido la constitución del fatalismo como
un producto sofisticado del espíritu que impregna la cultura de las clases
medias. El mal menor y necesario para evitar males -o siquiera incertidumbres-
mayores se ha convertido en justificación de lo real, en una justificación
literaria, placentera, a menudo romántica, muy lejos del inconformismo y de la
crítica.
Viene esto a cuento del título de este artículo y de la
dificultad de abordar la descripción de lo no perdido, de lo que sí se alcanza.
Misión Milagro es un programa de cooperación iniciado por Cuba y respaldado por
la República Bolivariana de Venezuela que ya se desarrolla en 24 países de
América Latina y el Caribe, destinado a tratar quirúrgicamente a personas
afectadas de ceguera o deficiencia visual corregible. Cuando alguna vez he
comentado la existencia de este programa, quienes no lo conocían me han
preguntado: «¿por qué lo hacen?». Cabría responder: «porque hay personas que no
ven y existe la posibilidad de que vean». Pero la pregunta parece añadir: «¿qué
esconden, que rédito inconfesable sacan a cambio? ¿acaso conciencia política en
aquellas personas que no han sido curadas en sus países y ven que una revolución
en alianza con otra sí les ha curado? ¿acaso, al menos, una disminución de la
hostilidad?»
En efecto, algunas de las personas que han acudido a Cuba
con el propósito antes descrito han debido enfrentarse a las admoniciones de sus
familiares y a sus propios miedos: «Cuba -les dicen- es un lugar terrible y si
no se comen a los niños es posible que una vez allí quieran sacarles dinero o
lavarles el cerebro o cualquier otra cosa». Pero el viaje es gratuito, igual que
la estancia y la operación y las lentes y otros materiales que pueda necesitar
el enfermo. Las personas que no veían son esmeradamente atendidas y regresan
viendo, y hablan bien del país que les permitió ver, y se lo cuentan a otros, y
tal vez algunas piensen que el socialismo no es algo tan terrible y pernicioso
como les habían dicho.
Quizá se trate de propaganda, si es que cabe
hablar de propaganda cuando no se lleva a cabo con informaciones sino con
hechos. La pregunta del por qué, entonces, deberá ser respondida con otra
pregunta: ¿por qué el capitalismo no realiza esta misma clase de propaganda?
Hay, por lo demás, un modo no buscado de difundir información para el
cual también está sirviendo Misión Milagro. Con cada paciente que acude a Cuba
llega además una historia incandescente de soledad, desprotección, injusticia.
El paraíso dorado del capitalismo revela así qué lo sustenta, sobre cuántas
vidas que no cuentan y que simplemente se tachan se asientan los planes de
negocio.
En el informe de la secretaría de la OMS de 2003 se afirma que,
a falta de un acceso equitativo a una atención oftálmica abordable y de calidad,
hay personas en muchos lugares remotos del mundo privadas de visión por causa de
las cataratas. Según las estimaciones, las cataratas siguen siendo la causa de
la mitad de todos los casos de ceguera, pese a la disponibilidad de cirugía a
bajo costo que permite restaurar la visión. El programa de la OMS visión 2020 se
propone conseguir para ese año y con la participación de 26 países un
«incremento considerable» del número de operaciones de cataratas.
Entretanto, el programa Misión Milagro, auspiciado por Cuba y Venezuela,
ha logrado curar ya de manera gratuita en apenas año y medio a más de 200.000
personas afectadas de ceguera y otros tipos de deficiencia visual, entre ellos,
numerosos niños nacidos con cataratas congénitas, y el proyecto es llegar a los
600.000 por año para alcanzar los seis millones en 2016. ¿Por qué no compite el
capitalismo en este terreno? ¿Por qué son tan mezquinas las ayudas del
capitalismo? ¿Cómo puede ocurrir, según ha señalado Pascual Serrano, que se
publicite a todo color en los grandes diarios españoles al caso de un niña de
Ghana, una, que iba a ser llevada a España para ser operada de cataratas gracias
a la ayuda de una fundación integrada por novecientas ópticas y se haga caso
omiso de las doscientas diez mil personas operadas por el socialismo?
En algunos países de Latinoamérica los oftalmólogos han protestado. Quieren
“operar a muchísimos argentinos con el apoyo de instituciones privadas,
religiosas y estatales, quitándole el estigma político que significa” ser
operados por médicos socialistas, se entiende. De acuerdo: ¿por qué no lo hacen?
En España este año se ha procurado disimular de mil modos el superávit del
Estado: ¿cómo es posible que un Estado tenga superávit y haya gravísimas
carencias en la atención a la población? ¿Cómo es posible?
Alguien pudiera
objetar que Misión Milagro es un programa asistencialista, caritativo, que está
más cerca de dar un pez que de enseñar a pescar. No parece, sin embargo, que
devolver la vista sea como dar un pez, más bien la vista es un instrumento que
permite usar otros. Por otro lado, en varios países el programa Misión Milagro
ha sido precedido por diferentes misiones alfabetizadoras y enseñar a leer es, o
debiera ser, aún más útil que enseñar a pescar.En muchos casos fueron estas
misiones las que permitieron encontrar a los pacientes allí donde no llega la
medicina oficial. El modo en que se practican las intervenciones quirúrgicas,
con revisiones completas de la salud del paciente, con la compañía constante de
los trabajadores sociales cubanos, con tiempo para el diálogo y las
explicaciones, está lejos de ser algo que cae del cielo abruptamente.
Pero la diferencia sustancial está en que Misión Milagro no pretende
usar las sobras de los Estados y de las empresas para coser un roto o un
descosido. Plantea, por el contrario, que poner fin al sufrimiento evitable es
la función prioritaria de los Estados y no una actividad a la que dedicar de vez
en cuando unos cuantos recursos aleatorios, sacados de acá y de allá. Y si
dentro de unos años este planteamiento sucumbiera bajo la presión de la eficacia
y la máxima rentabilidad y las exigencias de las grandes corporaciones
capitalistas, qué hermosas y qué tristes y qué desgarradoras y qué dolorosamente
inútiles serán entonces las canciones sobre una vida por fin civilizada que
habría empezado a ser y no fue. Se canta lo que se pierde. Cantar la alegría
brutal y al mismo tiempo pausada, minuciosa, de un hombre ciego a los 47 años
por un problema de diabetes quien, careciendo de los 3.000 dólares que la
medicina privada le pedía para operarle y después de dos años sin conseguir que
el Estado del país a que pertenecía se hiciera cargo de su situación, ha sido
operado en Cuba y ve, no parece posible. Sin embargo ahí están, son miles,
cientos de miles, quienes van contando de boca a oído y del oído a otra boca
para llegar a otro oído, el salto que sí han dado.
Entretanto el mundo
mira hacia otra parte mientras se complace en alguna historia sobre la
melancolía de los amores insatisfechos, las ocasiones perdidas, los saltos que
no se dan. Recordemos ahora que el verso de Machado forma parte de una estrofa:
«Y te diré mi canción: / Se canta lo que se pierde / con un papagayo verde / que
la diga en tu balcón». Alguien ha de cantar las canciones y es posible que el
papagayo verde empiece a estar cansado o, tal vez, harto. Se canta al
sufrimiento inevitable, para poderlo soportar. Pero al sufrimiento evitable no
se le canta. Al sufrimiento evitable se le pone fin. Eso, que tendría que ser lo
normal es, sin embargo, revolucionario.
FUENTE: Rebelión (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=29147)
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